Suspiramos por personas, sueños, deseos, objetivos, que solo podemos alcanzar en nuestra mente.

Parte de nuestra vida es un cúmulo de fracasos, de gente con la que nos gustaría estar y nunca estaremos, o no conoceremos más allá de simples palabras; por miedo, o decepción. De sentimientos con los que no hemos podido lidiar, y quizá personas que hayamos perdido por ello. Anhelaremos nuestros sueños incumplidos, nuestros deseos, llegado el momento, nos sumiremos en nuestra melancolía, nos hundiremos en suspiros, recordando mentiras, y posibilidades, para acabar resignándonos con lo que tenemos, porque no tuvimos la valentía necesaria para afrontar nuestros miedos, para dar un paso más.

Difícil no tener miedo cuando se vive acechado por prejuicios y estereotipos.

¿Pero de qué sirve alcanzar un estado de comodidad, si falta todo o parte de lo que deseamos? ¿De qué sirve vivir el día a día, después de habernos resignado o conformado a vivir bajo las mismas condiciones impuestas por unos pocos, para todos, y aceptadas por nosotros mismos?
No quiero vivir en un caos, como animales, sin leyes, ni orden, pero sí desearía una vida más libre, donde la gente fuese ligeramente más empática, para podernos comprender unos a otros. Donde no juzgásemos a los cinco segundos, y apartásemos nuestro ego, durante al menos un pequeño suspiro, para abrirnos a personas que quizá tuviesen mucho que aportarnos, hasta el punto de ayudarnos sin darnos cuenta de ello.

Iluso e ingénuo? Quizá. Pero odiaría vivir sabiendo que me he resignado a aceptar todo lo que considero injusto.