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Me despierto a una hora cualquiera en un mar de dudas. Avanzo sin mirar hacia abajo ni hacia atrás, provocando que no sepa si camino por un camino o sobre un hilo. Avanzo, es verdad que avanzo, sin miedo a pesar de estar sobre el vacío, comprendiendo que un paso en falso me hará darme cuenta del lugar donde me encuentro, pero a riesgo de que si piso firme, esa cuerda sobre la que camino, se pueda quebrar. Es entonces, cuando al dar ese paso, la cuerda no se rompe, vibra. Los pies bruscamente buscando equilibrio, azotando de lado a lado la tensión, dejando de respirar para poder mantener la concentración… me ahogo.
Quiero dar un paso atrás para buscar estabilidad, y repito errores, y es entonces cuando dos manos enormes me atrapan en el aire y aprietan, se me hunde el pecho, me tapan la vista, y mis pies flotan. Pierdo el control sobre mi avance y lo que siento. No puedo anticipar, no puedo controlar… frágil, dependiente, a merced de que mi mente logre escapar de la prisión en la cual esas manos gigantes se han convertido. Sin saber si cuando logre escurrirme de entre esos dedos, caeré sobre un filo, o un nuevo camino.