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Entre el caos y el griterío, el humo, la humedad, y la oscuridad, mientras el sudor nos caía por la frente, nuestras gargantas calientes entonando canciones, se alzaba un figura. Sobre uno de los altavoces situados en el borde central del escenario, con los brazos extendidos como si del Cristo Redentor se tratase, con un haz de luz tras de si y otros tantos que chocaban contra los demás miembros de la banda, se erigía Oliver. Desde abajo simples mortales guiados por su voz y sus señas, todos mirando hacia arriba con admiración y deseo, esperando un gesto. Adelantó su brazo, dos dedos alargados, el índice y el corazón, los otros tres recogidos, y con una suavidad, como si acariciase el aire hizo el mismo movimiento que Moisés hubiese hecho si las aguas hubiesen tenido oídos y ojos para verle. Su voz resonaba en la sala, quería que abriésemos un muro, sonaba la intro para Shadow Moses, y como gotas en un mar, nos abrimos y empujamos hacia atrás, estirando al límite las paredes de la sala, un pasillo central se abrió. Algunos corrían por el, otros saltaban y daban volteretas, a cada lado nos gritábamos enfrentados, chocaríamos con nuestros cuerpos mientras cantábamos la canción al unísono, y entonces su brazo bajó y corriendo nos fundimos en un nuevo mar.

Madrid. Concierto de BMTH.