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Caminaba con los brazos extendidos buscando equilibrio, situando un pie delante del otro, la puntera del izquierdo tocaba el talón del derecho, otro paso más y la puntera del derecho tocaba el talón del izquierdo, y se repetía la secuencia. Pudiera ser que estuviese así toda la vida. Si levantaba la cabeza y se confiaba, quizá podía perder el equilibrio y caer. Caer hacia el espacio, salvaje, oscuro, y lleno de luz. La chica sabía que estaba seguramente rodeada de la oscuridad más absoluta, y sin embargo, miles de millones de luces iluminaban su camino, y así continuaba surcando los planos estelares.

El chico miraba al cielo absorto en sus pensamientos, quizá tratando de buscar una respuesta en las estrellas, quizá esperando que alguien fuese capaz de quebrar las leyes de la física, y escribir un mensaje allá donde se perdían sus ojos. Soñaba con ser libre como los pájaros, sin embargo durante muchos años de su vida fue más libre que ellos, pues nunca dejó de fantasear en cómo navegaría por el cosmos, en cómo pondría el pie donde unos pocos habían llegado, y cómo conquistaría nuevos horizontes. Involuntariamente la vida se cruzó en su camino, y le partió las alas con las que había nacido. Podríamos haber dicho que anhelaba esas sensaciones, pero la verdad sería diferente. Alejado de la ciencia, las letras habían subyugado su mente a curiosear en lugares más oscuros que el cielo sobre su cabeza, pero igual de inexplorado. El vacío en su interior, el cual le consumiría durante siglos, tenía como origen el amor inalcanzable de esas estrellas que cada noche admiraba.

A veces se encontraba con una fuerza gravitatoria mayor, que la seducía, provocando que se desviara de su camino, arriesgando con pasos más largos y despreocupados, sabiéndose capaz de encontrar un mundo con el cual compartir órbita. Quizá por ser demasiado fulgurante, o quizá por no conseguir decelerar su mente a tiempo, la misma órbita con la cual intentó enlazar, la sacudió bruscamente de vuelta a la soledad de esa brillante oscuridad. Una primera vez, seguro, quién sabe si hubo una segunda, y una tercera. Con el paso de los años luz fue perdiendo el brillo, pero quizá también nos equivocaríamos y habría que decir que su esplendor fue ocultándose tras una nube de ideas y un océano de dudas que la perseguirían, dejando una estela a su paso, convirtiendo a la chica que paseaba por las estrellas, en un cometa destelleante, con una larga cola, tan preciosa como complejos eran aquellos problemas que la formaban. Quizá tenía miedo de dejarse alcanzar, o quizá de dejarse conocer. ¿Se sabría una persona diferente, y desconfiaría de cualquier destello que pudiese captar su atención?

Sus ojos destelleantes reflejaban la luz de las estrellas, y de esa Luna que muchas veces alumbró pequeños ríos que desembocaban en océanos. Prefirió aguantar el parpadeo, mantener los ojos cerrados, mientras con sus manos repasaba las lineas de su rostro. Cuando los volvió a abrir captó una luz, por un momento pensando que era producto de haberse rascado los ojos, dudó. Pasó una semana y seguía estando, y el vacío de su pecho comenzó a atormentarle. Durante algún día apartó la mirada, habló con su mente, pero no creyó encontrar respuesta. Cansado lanzó una moneda al aire, a la cual no hizo mucho caso, y decidió emprender la aventura de reconstruir sus alas, una vez más, aun sabiendo de los posibles riesgos,  para tratar de alzar vuelo, y llegar a esa chica de las estrellas.