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Nos llamarán la generación perdida, otra. La generación perdida de nuestro siglo, o quizá la primera del mismo.Una generación rota y perdida, a medio camino de las nuevas concepciones del siglo XXII pero con un pie en los siglos anteriores. Repetimos errores y estereotipos. Nos golpeamos con los mismos obstáculos, y todo para que de este caos de personas, sentimientos, y sueños rotos, nazca una nueva base para el futuro.

Nuestra fundación esta bañada con sangre, nos erigimos sobre un cementerio de ideales que hemos deformado, pero la que vamos a dejar será de lagrimas y escombros. Durante siglos hemos ido alternando fases, a veces luchando por el colectivo, otras defendiendo el individualismo. Sin embargo, es éste último el que más me aterra, pues cada fundación individualista nos ha conducido a una época oscura. Lo escondemos detrás de movimientos, que en vez de unir, segregan, señalan, y no hacen más que crear odio, olvidando que la sociedad la forman colectivos y no individuos.

Si hay algo que pudiese pedir para cambiar el mundo, el típico deseo a las estrellas de algún idealista perdido entre mundos, sería que por favor comenzásemos a pensar más en el que tenemos al lado, que volviésemos a ser un colectivo, remando, tirando de la sociedad todos en la misma dirección, que fuésemos capaces de construir casas para muchos, en vez de para uno mismo. No hacen falta sueños grandes para cambiar el mundo, solo uno tan pequeño como hacer sonreír y ayudar a las personas que estamos rompiendo en nuestro camino de ascenso a ninguna parte.

No soy socialista, ni comunista, ni marxista, lo único que soy es una persona rota, decepcionada, y que llora y odia aquello en lo que nos hemos convertido.