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Al andar resuenan los latidos en mi pecho, como un altavoz de graves, bombardea mis huesos y recorre mis nervios. A cada lado escaparates de todo lo que pudo ser y no fue. Cristales rotos con trozos de tela enganchados en ellos, alguien intentó forzar la entrada, más adelante otro igual, pero con marcas ya secas, casi negras, como si alguna vez hubiese goteado alguna sustancia. Una avenida interminable, en descenso, con espejos sin reflejo, y una capa de agua que cubre la superficie. Avanzo en ella, cada vez que levanto el pie y lo dejo caer, el agua habla, y las gotas ascienden, nadie hay que vea esto anormal, pero según avanzo el nivel sube. En la acera opuesta un cuerpo, parece un niño, su cara me resulta familiar, pero la lluvia que asciende me dificulta la visión. Avanzar se vuelve más complicado, el agua más espesa, comienza a cambiar de color, y las voces más intensas, y más cercanas. Hay un cuerpo, flotando, boca abajo, lo reconozco, y en ese momento unas manos emergen, arrastrándolo al fondo. Las mismas manos que llevan ya un rato, desde que el agua llegó a mi pecho, empujándome hacia delante. El camino es bastante más simple ahora que ya no floto, ahora que no veo más allá de mi, solo tengo que agachar la cabeza y caminar hacia delante, mientras repito lo que las voces me susurran, no me exigen nada más por permanecer en su mundo, protegido de los sueños y las luchas.

Drowns