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Aferrarse a objetos es una mierda.

Tendemos a guardar recuerdos, tanto en nuestra mente como en cajones de nuestras habitaciones, a veces incluso pegados en la pared o colgados de nuestro cuello. Recuerdos que parecen observarnos de noche, mientras aquellos otros pertenecientes a nuestro interior, nos susurran al oído. A estas alturas, os habréis dado cuenta de que esos recuerdos de los que hablo no son agradables, ni nos dejan descansar en paz.

Durante años una caja de cartón habitó una pequeña esquina de una estantería, una caja que contenía una historia apocalíptica en papel, y pedacitos rotos de un corazón que contaban otra historia. Todo envuelto en su papel de embalaje, con su pegatina de origen; Alemania, y su destino; Alemania, pero por alguna razón esa caja volvió a mi, y durante más de tres largos años cohabitó conmigo. Si soy sincero aun sigo sin saber porqué tardé tanto en deshacerme de ella, pero quizá siempre guardé la esperanza de que volviese a aparecer en mi vida, con todo lo que ello significaría. Sin embargo un día decidí coger esa caja, meterla en una bolsa negra, y hacerla desaparecer de mi vida para siempre, aunque en mi mente, esa caja sea el último recuerdo que tenga de aquella experiencia.

Al cabo de un tiempo, llegó a mi poder otro objeto que provocaba una sensación de amargura similar, éste, lo llevé colgado del cuello. Primero con alegría, después con rencor, para acabar dentro de una mochila, dentro de un armario. Poco más de un año después, se lo acabé entregando a una persona que se ha convertido en una fiel heredera de la que fue su dueña.

Ahora, delante de mí, observo una botella de plástico vacía, y a su lado un pequeño libro en formato cuadernillo con letras y palabras que componen poemas e historias. Cuestión de tiempo es que estos objetos encuentren su lugar en mi cuarto, y hagan pervivir la esperanza de que algún día vuelva. Porque se que también erré, y porque además me han herido en mi orgullo, pero sobretodo porque soy incapaz de demostrarle a esa persona que le hago bien en su vida, y si lo mejor es quedarme a solas con mis demonios, que así sea, conviviré con ellos el resto de mi vida, observando los recuerdos tratar de escapar el tormentoso infierno que es la prisión de mi cabeza.