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Le habían contado que los espejos mostraban la imagen al revés, que nada era como lo veíamos a primera vista. Por eso, él nunca se preocupó de mostrarse tal y como era, porque pensaba que aunque delante del espejo viese a alguien con el pelo despeinado, los ojos cristalinos y con heridas en los labios, la gente veía lo que el espejo no le mostraba. Por eso cuando hablaba y la voz parecía quebrarse por momentos, como a punto de romperse en mil pedazos, él no se preocupaba porque dentro sabía que era opuesto, y pensaba que la gente lo vería igual.

A pesar de mostrarse tal y como era, no comprendía porqué la gente se alejaba, no entendía porqué le preguntaban constantemente si se encontraba bien, y cuando respondía con una sonrisa, lloraba. Se suponía que las lagrimas debían mostrar felicidad, pero al único que conseguían ahogar era a él mismo. Los demonios le devoraban día a día, y con la mirada perdida degustaba el sabor de las heridas que le causaban.

De noche le despertaban, sudando, sollozando, nada podía consolar su soledad salvo la música, y así noche tras noche, sumido en el anonimato que otorgaba la oscuridad, salía al balcón a ver las horas pasar, notando como se consumía por dentro. Llegaron las nauseas, los dolores de cabeza, enfermó. Sabía que jamás conseguiría salir adelante, ni él quería, ni la enfermedad le dejaría. Aprovechando las primeras heladas del año, decidió salir a la calle en invierno, con su mejor ropa de verano. Era demasiado cobarde como para hacerlo con su propia mano, así que dejaría que la naturaleza hiciese lo debido. Vagó hasta su lugar favorito de la ciudad, un puente que cruzaba el río. La superficie ya tenía una ligera y fina capa de hielo, como la propia acera. Hacía unas horas que había dejado de llover, y caminar era un juego de equilibrio, sus rodillas con hematomas deban ya fe de ello, los cortes en las manos, la sangre tenía miedo hasta de salir. Subió al puente y se recostó contra una ancha columna que salía del mismo puente. La piedra era áspera, pero curiosamente cómoda.

Los dedos se le habían entumecido, apenas podía mover los pies y las manos, mientras no podía evitar temblar. Tenía miedo, o quizá frío, pero era demasiado tarde para echarse atrás. Vio la luna reflejarse por última vez en la superficie del agua helada, y mientras las primeras estrellas de hielo caían del cielo, respiró por última vez. No quería estar más tiempo solo, pero para eso no se mentiría asimismo, pero también quería dejar de sufrir y llorar, no le quedaba otro camino, no estaba hecho para vivir, o quizá algo en algún momento algo dentro se rompió. No le quedaba nada, no era nada, y no había nada más para él, salvo el amigo que dejó atrás.