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En la entrada anterior comenté como mi cabeza se movía de manera diferente a mi corazón, ya que siento las cosas de manera diferente según de donde provengan. Pues bien, mi cabeza hasta el día de hoy, tan solo había encontrado dos “cosas” que la atrajesen. La primera, una persona, la segunda, y la más antigua e importante e invariable; las estrellas.

Durante muchos veranos mi diario fue el cielo nocturno, y mis lectores, esos astros brillantes. Sentado sobre el borde de la piscina, me pasaba horas mirando el cielo. De pequeño tan solo me quedaba mirando las estrellas, observándolas en toda su inmensidad, tratando de ver como brillaban, si alguna desaparecía o no, incluso he creído ver estrellas desvanecerse del cielo. Más adelante, le contaba a las estrellas lo que me pasaba por la mente, en silencio, solo con pensamientos, como si fuesen capaces de leerme la mente, les contaba lo que me sucedía. El universo, fue mi primer blog. Pero siempre producía las mismas sensaciones en mi, y una de ellas era esta atracción, quería elevarme y navegar hacia los cielos para conocer cada una de las estrellas que me observaban cada noche*. Sentía esta enorme curiosidad, fascinación por saber qué eran, qué pensaban, quería compartir mi vida con ellas. Llegué a amarlas, y aun a día de hoy amo las estrellas, porque son la visión más perfecta de todo cuanto existe. Es un sentimiento complejo de explicar por lo insignificantes que somos en el contexto que las rodea, pero entendible si alguna vez os habéis encontrado con una mente fascinante que quisieseis conocer.

Cuando esa mente se convierte en una estrella más del cielo, pero que existe a nuestro alcance, cuando los ideales existen, y son completados, surge la misma sensación que en cada uno de esos veranos cuando miraba ese caos perfecto llamado universo. Es entonces cuando hablas con esa mente, esa persona que la forma, primero temeroso, dubitativo, con miedo a no hacer las cosas bien y que se desvanezca, y te das cuenta de lo real que es. Las estrellas desde mi punto de vista son la cosa más preciosa que existe. Son la luz en la oscuridad, no es como la Luna que refleja la luz del sol, no, esas estrellas, son luz de verdad, y alumbran los rincones más oscuros de nuestro cielo. Pues igual que ellas, esta persona es lo más parecido a una estrella tanto por dentro como por fuera. Es fascinante, y maravilloso, a la vez que paradojicamente triste, ya que esa persona es igual de inalcanzable que esas estrellas.

No nací para alcanzar las estrellas. Solo para observarlas y soñar con ellas.


*La triste realidad científica es que muchas de ellas no existirían en el tiempo actual cuando llegase a ellas.