Extremos. Opuestos. Norte y Sur. Blanco y Negro. Vivo… o muerto. Os voy a abrir una puerta a mi. Una que nunca se ha abierto, que explica las razones por las que soy como soy, porqué me muevo entre extremos y nunca tengo un punto medio.

La primera pregunta que se me debe de hacer es: ¿Alguna vez he sido ‘normal’?
Dentro de mi quiero creer que si. Ojeando los recuerdos, no. Desde el principio de mi memoria, siempre había algo por lo que destacaba para bien o para mal, por lo que me diferenciaba. Ya fuese por los estudios, por el deporte, por mis ideas, buenas y malas. Por mi forma de ser, mi ascenso y mi descenso. Mi cuerpo, mi voz, mi cara, mi pelo. Solo cuando me refugié en esquinas, en las sombras, cuando no hablaba, cuando lloraba en casa, fue cuando fui normal…

Cuando aguantas durante siete años el acoso escolar, físico y psíquico, nada vuelve a ser igual, y no me vengáis con la excusa de que podemos cambiar, y que nos afecta porque nosotros queremos. Os reto a ir al pasado, y aguantar siete años, cada día de clase, insultos y golpes, mientras TODOS hacen oídos sordos a tus gritos, lamentos y súplicas. Mientras cierran los ojos para no ver tus lágrimas, los moratones, los golpes, o la sangre. Escuchando un “son cosas de niños”. NO. No era solo cosas de niños cuando también tenía que aguantar el desprecio de las madres, sus insultos, sus miradas… Siete años, desde los siete hasta los catorce aguanté por puro orgullo. Porque YO era más fuerte que todos ellos… Aguanté, y conmigo arrastré a todos. Dos cursos por encima, un curso por encima, y mi curso, elaboraré y trabajé el plan durante dos años, creando y construyendo las emociones e ideas en la gente adecuada, para que un día, todo estallase y la burbuja en la que vivíamos, explotase. Durante un año esperé el día que algo ocurriese en el colegio para que todos mis esfuerzos por destruir su mundo triunfasen. Quien iba a decirme a mi que el día en que el marginado, el apaleado, el chico al que todos habían torturado, dijese que abandonaba el colegio porque se había cansado de aguantar, fuese lo que activó el resorte. Aun a día de hoy me sigo preguntando qué demonios pasó. El arquitecto entre las sombras, mi madre incluso me apoyó, y con la desintegración casi total de tres cursos, abandoné el colegio. Dejando a cada uno de “mis compañeros” a su suerte, en el mundo del cual el colegio nos había protegido. Quizá les hice un favor.

Cuando durante más de un lustro tu día a día es una guerra contra el mundo que te rodea. Un lucha de resistencia, donde la gente te demuestra que o acabas con ellos o acaban contigo, no concibes que existan puntos medios. No hay grises en la muerte. Se vive o se muere. Esa noción la llevo escrita a golpes e insultos.
Después llegaron mis años de adolescencia. ¿Pero qué le queda por preguntarse a alguien que ha pasado por todo eso? Yo ya tenía mi respuesta a que hacía en la vida; Existir. También tenía mi respuesta a porqué era así; desgracia. Y también sabía que quería hacer con el mundo; destruirlo. En diez años había pasado de estar en la cima del mundo. De ser feliz a pesar de los problemas en casa. De tener un vida tan simple y maravillosa… a caer en la oscuridad, en la desesperación, en la agonía, la ira, el odio, el miedo.

Después de eso viví a medio camino entre el negro y el gris. Estaba vivo, pero me sentía muerto por dentro. Dos años, alma errante. Ni una lágrima, pero tampoco una sonrisa. Hasta el día que mi abuela falleció un mes después de sacar el carnet de conducir, y unas semanas antes de hacer la selectividad. Había visto morir a gente antes, pero fue diferente. Aun a día de hoy, he pasado más tiempo junto a mi abuela, que solo, o con mis padres, y aun hoy no puedo evitar llorar recordándola. Ella fue quien me enseñó a luchar, ella fue quien me enseñó a sobrevivir. ELLA, que había vivido una guerra, una posguerra, una dictadura, el exilio de mi abuelo, las dos guerras de mi abuelo… ella que cuidó de mi, se había ido luchando por vivir un día más, un instante más en este mundo que yo odiaba, que yo detestaba, y con el que quería acabar.

Los siguientes meses fueron difíciles. Tomé decisiones, me equivoqué, y lo acabé pagando volviendo a ‘morir’. Hasta que volví a Valencia y me asenté en el gris. Es inevitable para mi no tener picos y tender a los extremos. Después de todo, mi vida ha sido un constante vaivén.

Solo me queda decir que dejé de luchar hace ya mucho tiempo. Me cansé, ahora soy yo. Alguien muy inteligente para aquellas personas que llegan a conocerme y confiar en mi, un tonto y un idiota para los que se quedan con mi exterior, pero ante todo, me considero un superviviente que encontró la verdad tras la oscuridad.

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