En riesgo nada más nacer,
Aun así me fue fácil crecer.
Brillando noche y día,
Sin temer por mi vida.

Ajeno a la realidad fui cayendo,
Mi débil cuerpo fue empujado por el viento.
Mientras me consumía por dentro,
Una coraza surgía imponente.

Contenida la llama en su interior,
Fortaleza inexpugnable al exterior,
Asfixiante oscuridad decadente
La muerte más visible jamás vista.

Quemada y arañada resistía,
Un rostro que jamás sonreía,
Una mente destruida. Un alma;
inexistente; invisible; borrada.

Infatigable, inexistente miedo
A desaparecer y morir. Un fuego
Jamás será sofocado. Un demonio
Nunca será devorado.

El fuego luchará por salir,
Las alas en vuelo se alzarán,
Nuestros ojos se cruzarán de nuevo,
Y  con mis llamas colmaré su corazón.

He deambulado días y noches, semanas y meses, años… Buscando con una fuerza infatigable aquello que avivase las llamas de nuevo.

Cuando en el primer estadio más debía de brillar, se me privó del oxigeno, y fui apaleado. Chispas volaban sin dirección, mientras mis llamas esparcidas, se convertían en trozos de carbón resplandecientes.

Ese no fue el fin del fuego. Pude volver a quemar, pude volver a brillar, de las brasas y el carbón, nació una nueva llama, débil pero constante, pero tremendamente inestable. Así fue que estallé. Iriendo a cuanto se encontraban a mi alrededor. No solo fueron chispas, como si de un Sol se tratase, lenguas de fuego abrasaron, y fui apartado como esa última pieza del fuego, que se mantiene viva hasta bien entrada la madrugada, cuando los primeros rayos de sol, difuminan su fulgor.

No me resigné. Si tenía destino, y ese era brillar con toda la fuerza del fuego, lo iba a hacer, y así fue. De ese último trozo, volví, un nuevo fuego nació, como un fénix volví, agité mis alas, por fin pude volar, tan alto volé, que yo mismo me consumí. Tan fuertes eran mis llamas, que me devoraron a mi mismo, y notaba como con cada nuevo atardecer que iluminaba, el Sol se llevaba parte de mi luz, y la Luna me robaba parte de mi calor. Noche tras noche, me consumí, hasta no quedar nada de mi, ni una pequeña brasa.

En cenizas me convertí. Polvo, lo que siempre había deseado, y fue entonces cuando pude volverme uno, y pude volver a añorar mi primera etapa, cuando aun no alumbraba. Recordé todo, pero no tenía manera de volver a revivir.

De modo que esperé paciente la chispa que de manera fulgurante, como un torbellino de aire caliente, levantara las cenizas del suelo, y brotase de nuevo el fuego. Ese torbellino ya existe y las primeras llamas empiezan a aparecer. La figura alada ya se deja ver, rodeada de polvo y ceniza, toma forma, resplandeciendo un punto en su pecho, que aguarda la llama que lo reavive.

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