Un mar de suspiros

Suspiramos por personas, sueños, deseos, objetivos, que solo podemos alcanzar en nuestra mente.

Parte de nuestra vida es un cúmulo de fracasos, de gente con la que nos gustaría estar y nunca estaremos, o no conoceremos más allá de simples palabras; por miedo, o decepción. De sentimientos con los que no hemos podido lidiar, y quizá personas que hayamos perdido por ello. Anhelaremos nuestros sueños incumplidos, nuestros deseos, llegado el momento, nos sumiremos en nuestra melancolía, nos hundiremos en suspiros, recordando mentiras, y posibilidades, para acabar resignándonos con lo que tenemos, porque no tuvimos la valentía necesaria para afrontar nuestros miedos, para dar un paso más.

Difícil no tener miedo cuando se vive acechado por prejuicios y estereotipos.

¿Pero de qué sirve alcanzar un estado de comodidad, si falta todo o parte de lo que deseamos? ¿De qué sirve vivir el día a día, después de habernos resignado o conformado a vivir bajo las mismas condiciones impuestas por unos pocos, para todos, y aceptadas por nosotros mismos?
No quiero vivir en un caos, como animales, sin leyes, ni orden, pero sí desearía una vida más libre, donde la gente fuese ligeramente más empática, para podernos comprender unos a otros. Donde no juzgásemos a los cinco segundos, y apartásemos nuestro ego, durante al menos un pequeño suspiro, para abrirnos a personas que quizá tuviesen mucho que aportarnos, hasta el punto de ayudarnos sin darnos cuenta de ello.

Iluso e ingénuo? Quizá. Pero odiaría vivir sabiendo que me he resignado a aceptar todo lo que considero injusto.

Realidad Distorsionada

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Me despierto a una hora cualquiera en un mar de dudas. Avanzo sin mirar hacia abajo ni hacia atrás, provocando que no sepa si camino por un camino o sobre un hilo. Avanzo, es verdad que avanzo, sin miedo a pesar de estar sobre el vacío, comprendiendo que un paso en falso me hará darme cuenta del lugar donde me encuentro, pero a riesgo de que si piso firme, esa cuerda sobre la que camino, se pueda quebrar. Es entonces, cuando al dar ese paso, la cuerda no se rompe, vibra. Los pies bruscamente buscando equilibrio, azotando de lado a lado la tensión, dejando de respirar para poder mantener la concentración… me ahogo.
Quiero dar un paso atrás para buscar estabilidad, y repito errores, y es entonces cuando dos manos enormes me atrapan en el aire y aprietan, se me hunde el pecho, me tapan la vista, y mis pies flotan. Pierdo el control sobre mi avance y lo que siento. No puedo anticipar, no puedo controlar… frágil, dependiente, a merced de que mi mente logre escapar de la prisión en la cual esas manos gigantes se han convertido. Sin saber si cuando logre escurrirme de entre esos dedos, caeré sobre un filo, o un nuevo camino.

Memorias I

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Entre el caos y el griterío, el humo, la humedad, y la oscuridad, mientras el sudor nos caía por la frente, nuestras gargantas calientes entonando canciones, se alzaba un figura. Sobre uno de los altavoces situados en el borde central del escenario, con los brazos extendidos como si del Cristo Redentor se tratase, con un haz de luz tras de si y otros tantos que chocaban contra los demás miembros de la banda, se erigía Oliver. Desde abajo simples mortales guiados por su voz y sus señas, todos mirando hacia arriba con admiración y deseo, esperando un gesto. Adelantó su brazo, dos dedos alargados, el índice y el corazón, los otros tres recogidos, y con una suavidad, como si acariciase el aire hizo el mismo movimiento que Moisés hubiese hecho si las aguas hubiesen tenido oídos y ojos para verle. Su voz resonaba en la sala, quería que abriésemos un muro, sonaba la intro para Shadow Moses, y como gotas en un mar, nos abrimos y empujamos hacia atrás, estirando al límite las paredes de la sala, un pasillo central se abrió. Algunos corrían por el, otros saltaban y daban volteretas, a cada lado nos gritábamos enfrentados, chocaríamos con nuestros cuerpos mientras cantábamos la canción al unísono, y entonces su brazo bajó y corriendo nos fundimos en un nuevo mar.

Madrid. Concierto de BMTH.

Stargirl

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Caminaba con los brazos extendidos buscando equilibrio, situando un pie delante del otro, la puntera del izquierdo tocaba el talón del derecho, otro paso más y la puntera del derecho tocaba el talón del izquierdo, y se repetía la secuencia. Pudiera ser que estuviese así toda la vida. Si levantaba la cabeza y se confiaba, quizá podía perder el equilibrio y caer. Caer hacia el espacio, salvaje, oscuro, y lleno de luz. La chica sabía que estaba seguramente rodeada de la oscuridad más absoluta, y sin embargo, miles de millones de luces iluminaban su camino, y así continuaba surcando los planos estelares.

El chico miraba al cielo absorto en sus pensamientos, quizá tratando de buscar una respuesta en las estrellas, quizá esperando que alguien fuese capaz de quebrar las leyes de la física, y escribir un mensaje allá donde se perdían sus ojos. Soñaba con ser libre como los pájaros, sin embargo durante muchos años de su vida fue más libre que ellos, pues nunca dejó de fantasear en cómo navegaría por el cosmos, en cómo pondría el pie donde unos pocos habían llegado, y cómo conquistaría nuevos horizontes. Involuntariamente la vida se cruzó en su camino, y le partió las alas con las que había nacido. Podríamos haber dicho que anhelaba esas sensaciones, pero la verdad sería diferente. Alejado de la ciencia, las letras habían subyugado su mente a curiosear en lugares más oscuros que el cielo sobre su cabeza, pero igual de inexplorado. El vacío en su interior, el cual le consumiría durante siglos, tenía como origen el amor inalcanzable de esas estrellas que cada noche admiraba.

A veces se encontraba con una fuerza gravitatoria mayor, que la seducía, provocando que se desviara de su camino, arriesgando con pasos más largos y despreocupados, sabiéndose capaz de encontrar un mundo con el cual compartir órbita. Quizá por ser demasiado fulgurante, o quizá por no conseguir decelerar su mente a tiempo, la misma órbita con la cual intentó enlazar, la sacudió bruscamente de vuelta a la soledad de esa brillante oscuridad. Una primera vez, seguro, quién sabe si hubo una segunda, y una tercera. Con el paso de los años luz fue perdiendo el brillo, pero quizá también nos equivocaríamos y habría que decir que su esplendor fue ocultándose tras una nube de ideas y un océano de dudas que la perseguirían, dejando una estela a su paso, convirtiendo a la chica que paseaba por las estrellas, en un cometa destelleante, con una larga cola, tan preciosa como complejos eran aquellos problemas que la formaban. Quizá tenía miedo de dejarse alcanzar, o quizá de dejarse conocer. ¿Se sabría una persona diferente, y desconfiaría de cualquier destello que pudiese captar su atención?

Sus ojos destelleantes reflejaban la luz de las estrellas, y de esa Luna que muchas veces alumbró pequeños ríos que desembocaban en océanos. Prefirió aguantar el parpadeo, mantener los ojos cerrados, mientras con sus manos repasaba las lineas de su rostro. Cuando los volvió a abrir captó una luz, por un momento pensando que era producto de haberse rascado los ojos, dudó. Pasó una semana y seguía estando, y el vacío de su pecho comenzó a atormentarle. Durante algún día apartó la mirada, habló con su mente, pero no creyó encontrar respuesta. Cansado lanzó una moneda al aire, a la cual no hizo mucho caso, y decidió emprender la aventura de reconstruir sus alas, una vez más, aun sabiendo de los posibles riesgos,  para tratar de alzar vuelo, y llegar a esa chica de las estrellas.

Hypochondriac Visions of a Dystopic Future

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No nos divertimos porque somos niños fuera de lugar. Nacidos mil años antes de nuestro tiempo. Con padres y amigos que nos quieren, pero que no comprenderán que nunca debimos de vivir este momento. Somos pues, como ese huevo que rompe el cascarón antes de tiempo y muere al caer del árbol. Su caída es nuestra vida, un constante descenso hacia la oscuridad más absoluta, hasta el momento en el cual cerremos los ojos… pero que si lo hemos hecho bien, nos recordarán como alguien fuera de lugar, que acercó nuestro sueño al futuro. Seremos olvidados, pero formaremos parte de una sinfonía mucho mayor, una nota, en un juego de tonos, que será nuestra obra más hermosa, y que nunca apreciaremos.

Thank You P.J.Fry for opening my eyes. 

Iluso

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Nos llamarán la generación perdida, otra. La generación perdida de nuestro siglo, o quizá la primera del mismo.Una generación rota y perdida, a medio camino de las nuevas concepciones del siglo XXII pero con un pie en los siglos anteriores. Repetimos errores y estereotipos. Nos golpeamos con los mismos obstáculos, y todo para que de este caos de personas, sentimientos, y sueños rotos, nazca una nueva base para el futuro.

Nuestra fundación esta bañada con sangre, nos erigimos sobre un cementerio de ideales que hemos deformado, pero la que vamos a dejar será de lagrimas y escombros. Durante siglos hemos ido alternando fases, a veces luchando por el colectivo, otras defendiendo el individualismo. Sin embargo, es éste último el que más me aterra, pues cada fundación individualista nos ha conducido a una época oscura. Lo escondemos detrás de movimientos, que en vez de unir, segregan, señalan, y no hacen más que crear odio, olvidando que la sociedad la forman colectivos y no individuos.

Si hay algo que pudiese pedir para cambiar el mundo, el típico deseo a las estrellas de algún idealista perdido entre mundos, sería que por favor comenzásemos a pensar más en el que tenemos al lado, que volviésemos a ser un colectivo, remando, tirando de la sociedad todos en la misma dirección, que fuésemos capaces de construir casas para muchos, en vez de para uno mismo. No hacen falta sueños grandes para cambiar el mundo, solo uno tan pequeño como hacer sonreír y ayudar a las personas que estamos rompiendo en nuestro camino de ascenso a ninguna parte.

No soy socialista, ni comunista, ni marxista, lo único que soy es una persona rota, decepcionada, y que llora y odia aquello en lo que nos hemos convertido.

918

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Permanece en un lugar cerrado. Húmedo y oscuro. Medio roto y frio. Según pasen las horas, estará cerca de congelado. Solía ser parte de algo más grande y mayor, algo que tenía un significado mejor, algo que acompañaba un gran día, bonito y querido. Ahora es solo un trozo que recuerda el egoismo y el dolor, de la derrota y el miedo. De huir del dolor causado, algo que un cobarde teme, por eso aparta la mirada. Ahora tengo trescientos sesenta y cuatro días para afrontarlo.